08 julio 2009

Los fotógrafos cutres


"El fotógrafo del pánico" la ví de pequeño y creo que era buena. Pero claro, es la crítica de un niño.



Este verano he viajado y he vuelto a encontrarme con los fotógrafos de temporada. Yo mismo he sido uno de ellos durante unos días de viaje ya narrados. Y en mi caso todavía más ya que la cámara digital era prestada. Pero… ¿Es posible salir fuera sin hacer fotografías? A simple vista y en buena parte de los casos turísticos parece que no.

Si paseas por cualquier lugar medianamente histórico de tu ciudad te los encuentras. Turistas haciendo fotografías y generando como una valla invisible que no puedes traspasar si eres mínimamente educado. El fotógrafo apunta a su objetivo (una novia, un amigo, un perro, un monumento, una tapa de alcantarilla…) y entre el objetivo y dicho fotógrafo se sitúa una franja de espacio que durante unos segundos tú, viandante sorprendido, no puedes traspasar. Eso si no eres un poco cabroncete y entonces decides que la calle es pública y atraviesas ese cordón invisible, ese “do not cross” efímero y entonces en una fotografía futura no deseada quedarás inmortalizado de perfil y con una sonrisa maligna mientras no dejas ver lo que el fotógrafo realmente quería captar. A continuación te pueden hacer desaparecer la sonrisa a golpes de mochila pero los turistas no suelen ser gente tan agresiva. Puedes arriesgar y abortar múltiples instantáneas de fotógrafos ocasionales.

Las cámaras digitales con sus muchas megas de memoria y la posibilidad de borrar lo que no te gusta han potenciado la fotografía irrelevante e imbécil. Deben existir millones de escritorios en todo el mundo con un cajón que alberga las fotografías idénticas de múltiples tipos de todas las nacionalidades haciendo el mismo gesto (poner los dedos en V, hacerle orejas de burro al compañero mientras este piensa que el fotógrafo sonríe de pura felicidad y no porque se ríe de él, agarrarse los genitales como si estos no se sostuvieran solos, sacar la lengua… en fin, sobreactuar rutinariamente). Los ejércitos de turistas y su espionaje consentido no suelen ser muy originales. Si las fotografías de moda, vistas unas cuantas, ya comienzan a ser repetitivas… ¿Cómo no lo van a ser las fotografías de cualquiera?

Y luego está la estupidez de lo que a veces se fotografía. Parece ser que fuera del hogar nos puede llamar la atención cualquier cosa. Monumentos cuya historia desconocemos pero bueno, parece un poco diferente. Probablemente en casa pasaremos esa fotografía en cuestión de dos segundos porque nos aburre. También nos puede llamar la atención la gente del lugar y luego veremos su rostro hosco y malhumorado mirando hacia nuestro indiscreto objetivo. O la fauna del lugar que en ocasiones es muy parecida a la de nuestra ciudad pero claro, no es lo mismo una ardilla austríaca que una ardilla madrileña. Mi padre suele odiar mucho las fotografías en las que sólo sale una fachada o una estatua o cualquier monumento y no salimos nosotros. No asume que se hagan fotografías a otra cosa que a las personas conocidas. Parece no entender que ese tipo de fotografías te las puedes hacer en casa y en calzoncillos si quieres y sin necesidad de salir mil kilómetros fuera de tu país.

Fotografiar letreros de tiendas o habitaciones de hotel es otra costumbre curiosa. O el transporte público o los coches de la zona… Todo vale hasta que alguien te dice que la fotografía que acabas de hacer a un camello cuesta dinero.

De todos modos es cierto que cualquier fotografía siempre será mejor en una postal o en un catálogo hecho por profesionales. Las nuestras demuestran nuestro ego y nuestra necesidad de tener nuestro propio punto de vista de lo que hemos visto. También el hecho de que no entendemos de calidad y no vemos la diferencia entre una fotografía dónde se respeta una buena iluminación, un buen encuadre o haber captado el mejor momento de otra que sale borrosa, desenfocada o con medio edificio que queríamos fotografiar mutilado porque “no cabe”.

Los sibaritas de la fotografía que ponen su cámara sobre un caballete y se pasan horas esperando no sé, el instante ideal, nos suelen humillar bastante. Creo que ni siquiera hacen la foto, sólo están para avergonzarnos o darse aires. A mí es que esos caballetes me impresionan bastante. Será porque no sé para qué sirven. ¿Es que no tienen pulso para sostener con firmeza la cámara durante siete horas?

Un inconveniente de esta afición desenfrenada por disparar a todo lo que se mueva es que el primer día puedes hacer doscientas mil quinientas fotografías y el segundo no te queda memoria en las tarjetas para hacer más, tienes que comenzar a borrar lo prescindible. Con lo difícil que es deshacerse de esa fotografía tan bonita que has hecho de una brizna de hierba con un gusano encima…

Y al final del viaje llegas a casa, ves el reportaje y luego te olvidas hasta la siguiente vez. También puedes mostrar a gente que no le interesa los monumentos que has retratado. Si bostezan cuando lleven mil fotografías no les culpes demasiado. Ellos no están obligados a sentir lo que tú. Tal vez por eso no han visitado el país al que tú has ido.

Yo he llegado a la conclusión que desde que ha desaparecido el carrete y tenemos casi barra libre para fotografiarlo todo, ya no nos vamos de vacaciones.

La cámara es el intermediario con el mundo real. No vemos la realidad directamente.

Nos pasamos el viaje detrás de un visor.

06 julio 2009

Terapia


Lo que más me ha gustado de ese viaje ha sido el sexo. Lo cierto es que hemos follado como conejos(al menos por la frecuencia ya que nuestras perversiones, posturas y rollo “hardcore” no es muy propio de esos animales, los seres humanos podemos ser más bestias que las bestias sin demasiada dificultad). Qué suerte tu nueva afición a las novelas de la desaparecida “sonrisa vertical”. Era leer cinco o seis páginas, mirarme con lujuria y atacar sobre una cama de hotel que temblaba y crujía con profesionalidad. Imagino que estas camas lo que más ven es precisamente eso, sexo.

También estuvo bien la arena blanca, tus pechos y tu culo al sol, el agua transparente, la noche de charla en el balcón con acompañamiento sonoro de las ranas de una laguna cercana, el buffet libre para romper cualquier dieta, algunos orgasmos míos y algunos tuyos(maravillosamente estridentes), nuestras iniciales en los botes de sal y pimienta del chino(tú la P, yo la S), nuestras noches con pesadillas más suaves gracias a la compañía que nos brindábamos, la imagen de ti como princesa de Disney alimentando pájaros con migas de pan en aquella terraza con piscina del hotel(buffet libre también para las aves), esa cala tan bonita de esa isla tan acogedora...

Todo aquello estuvo bien. Si acaso la pega de que todo pasa y que el calendario no se iba a detener. Y sobre todo el mal momento de la última noche con discusión. Yo buscaba mi soledad que no estaba en tus planes pero que casi siempre está en los míos.

Quería dejar atrás cualquier recuerdo de mi vida cotidiana. A veces prefiero quererte a distancia (aunque los orgasmos pierden mucho de ese modo). Pero tenía que huir. Así que regresé a mi hogar con la imagen de tu rencor todavía fresca en las pupilas. Estuve en casa un fin de semana, estuve en un apartamento de la Costa Brava, viajé a Madrid, regresé al apartamento de la Costa Brava y me reuní contigo, regresé al trabajo… ¿Conseguí algo con tanta fuga? No. Por más que lo intento siempre me llevo a mí mismo a cuestas. No sé cuantas vacaciones se necesitan para hacer eso que llamamos desconectar. Yo no soy capaz de hacerlo por completo nunca. Aunque todo este ajetreo me vino bien, la verdad, y lo de Panero en Madrid fue maravilloso.

Pero el balance es negativo. Dediqué más de un par de pensamientos a mi infierno privado.

Puede que te interese saber que sigo proyectando escapadas.

Esta vez no me importa incluirte de compañera si así lo deseas. Después de todo sí hay algo que me hace desconectar. ¡Es tan bonito el porno duro cuando hay amor!

30 junio 2009

Sin estupidez no hay felicidad


Estos, aunque están muertos, viven muy bien. Ni sufren ni padecen.


Sísifo. Un mito griego. Zeus le hace subir cada día una piedra por una montaña. Al final del día la piedra cae ladera abajo y vuelta a empezar. No se indica si alguien amenaza a Sísifo pinchándole el culo con una bayoneta para que se pase el día al sol haciendo rodar una bola de piedra como si de un escarabajo se tratase. El caso es que Albert Camus se sintió atraído por este mito para definir su concepción de la existencia. Nos da alguna idea de cómo debemos encarar la vida.

El momento en que Sísifo sube la piedra representa la acción sin reflexión. Cuando llega el final del día y la piedra cae, llega el descanso, el ser consciente de lo que está pasando y de la propia condición… Según Camus, Sísifo es más infeliz en ese momento de lucidez que cuando empuja y suda y sube hacia arriba con todo ese tonelaje redondo.

Parece que sólo pensar asesina el alma.

Algo así pensé yo cuando cerré “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja. Aquel que prueba de la manzana de ese árbol, todo aquel que quiere coquetear con un conocimiento digamos superior, acaba castigado por dioses paganos u ortodoxos. A Prometeo le comen el hígado a diario por darles el fuego a los hombres, Pandora desata todos los males sobre la tierra por ser curiosa y abrir una caja, Adán y Eva pierden el paraíso por robar la manzana del mencionado árbol… Desde hace milenios ya se nos avisa que lo de ser empollones pasa factura y que la ciencia es fuente de todo mal. Cuanto más sabes más infeliz eres.

El actor Gary Cooper recomendaba para una vida feliz trabajar todo el día y llegar tan cansado a casa que no pudieras hacer otra cosa que dormir. Todo un precursor de Camus. Si bien Gary Cooper tenía un trabajo más estimulante que el de cualquiera.

Hace poco, observando el pequeño microcosmos de miseria intelectual en el que me muevo, lo pensé. Jóvenes idiotas pendientes de si el encargado ha dejado salir antes o después a otro compañero, otros enfrentados por si el uno trabaja más que el otro, otros por si aquel se cree más o menos que nadie… En fin. Rencillas de patio de colegio.

Y en el despacho, el verdadero problema, el revanchista hijo de puta que los divide a todos, muerto de risa. Debido a sus carencias como líder ha seleccionado un equipo de retrasados que secunden sin problemas su tiranía de serie Z. Pero como decía, les observaba. Y mientras me distraía con toda esta colección de formas de la ignorancia sin más aspiraciones en la vida que vivir criticando los próximos cinco minutos, vi la clave de la felicidad. Ellos tienen la verdad. No se pierden en el pensamiento, se pierden en la acción, como Sísifo. Nunca desesperan porque sin reflexión no hay depresión. Viven en el momento y todo es importante para ellos (saber si una compañera limpia o barre mejor la barra de las palomitas es asunto de estado). Y yo soy el equivocado.

¡Cuantos ansiolíticos me ahorraría si pudiera convertirme en un zombi de ese tipo!

Sísifo. Un mito griego. Zeus le hace subir cada día una piedra por una montaña. Al final del día la piedra cae ladera abajo y vuelta a empezar. No se indica si alguien amenaza a Sísifo pinchándole el culo con una bayoneta para que se pase el día al sol haciendo rodar una bola de piedra como si de un escarabajo se tratase. El caso es que Albert Camus se sintió atraído por este mito para definir su concepción de la existencia. Nos da alguna idea de cómo debemos encarar la vida.

El momento en que Sísifo sube la piedra representa la acción sin reflexión. Cuando llega el final del día y la piedra cae, llega el descanso, el ser consciente de lo que está pasando y de la propia condición… Según Camus, Sísifo es más infeliz en ese momento de lucidez que cuando empuja y suda y sube hacia arriba con todo ese tonelaje redondo.

Parece que sólo pensar asesina el alma.

Algo así pensé yo cuando cerré “El árbol de la ciencia” de Pío Baroja. Aquel que prueba de la manzana de ese árbol, todo aquel que quiere coquetear con un conocimiento digamos superior, acaba castigado por dioses paganos u ortodoxos. A Prometeo le comen el hígado a diario por darles el fuego a los hombres, Pandora desata todos los males sobre la tierra por ser curiosa y abrir una caja, Adán y Eva pierden el paraíso por robar la manzana del mencionado árbol… Desde hace milenios ya se nos avisa que lo de ser empollones pasa factura y que la ciencia es fuente de todo mal. Cuanto más sabes más infeliz eres.

El actor Gary Cooper recomendaba para una vida feliz trabajar todo el día y llegar tan cansado a casa que no pudieras hacer otra cosa que dormir. Todo un precursor de Camus. Si bien Gary Cooper tenía un trabajo más estimulante que el de cualquiera.

Hace poco, observando el pequeño microcosmos de miseria intelectual en el que me muevo, lo pensé. Jóvenes idiotas pendientes de si el encargado ha dejado salir antes o después a otro compañero, otros enfrentados por si el uno trabaja más que el otro, otros por si aquel se cree más o menos que nadie… En fin. Rencillas de patio de colegio.

Y en el despacho, el verdadero problema, el revanchista hijo de puta que los divide a todos, muerto de risa. Debido a sus carencias como líder ha seleccionado un equipo de retrasados que secunden sin problemas su tiranía de serie Z. Pero como decía, les observaba. Y mientras me distraía con toda esta colección de formas de la ignorancia sin más aspiraciones en la vida que vivir criticando los próximos cinco minutos, vi la clave de la felicidad. Ellos tienen la verdad. No se pierden en el pensamiento, se pierden en la acción, como Sísifo. Nunca desesperan porque sin reflexión no hay depresión. Viven en el momento y todo es importante para ellos (saber si una compañera limpia o barre mejor la barra de las palomitas es asunto de estado). Y yo soy el equivocado.

¡Cuantos ansiolíticos me ahorraría si pudiera convertirme en un zombi de ese tipo!

15 junio 2009

Leopoldo María Panero es real


Como sigo de vacaciones y sin ordenador propio y sobre todo, sin el cable de la cámara, incluyo foto ajena

Leopoldo María Panero.1948. Madrid. Hijo, sobrino y hermano de poetas. Poeta él también relacionado sin su consentimiento pero con justicia con el grupo de los Novísimos junto a Pere Gimferrer. Surrealismo. Loco real o perseguido desde que lo ingresan por desamor en un manicomio a los 20 años. Después llega también su repetido tour por las cárceles del franquismo. Allí aprende lo que sabe de la homosexualidad. Sadomasoquista confeso (sádico con las mujeres y masoquista con los hombres aunque sádico con estos si son bellos efebos). Sade. Amante de la cábala, de lo místico, de lo sucio y de lo bajo también. Poe. Alcohólico en tiempos. Aficionado a mojar el croissant en los charcos. Asesino fallido de su madre. Para compensarlo intentó resucitarla en su funeral haciéndole el boca a boca. Ingresado por su voluntad y escapando también repetidas veces por la misma del sanatorio de Mondragón. Actualmente sólo sale de los manicomios escoltado y con excusas culturales. La última era la Feria del libro de Madrid.

Yo estaba muy metido en su vida porque leía una biografía que saqué de la biblioteca sobre él y otra sobre su hermano Juan Luis (más las películas documentales que le han dedicado Jaime Chavarri o Ricardo Franco). El poeta maldito me fascinaba.

Cuando cerré las páginas del libro que hablaba de él hasta el 96 me fui a buscar alguna referencia suya por Internet. De un modo casi sobrenatural la primera página que salió me decía que esa tarde, mientras yo acababa el libro, él había estado firmando libros en el Retiro, en la feria de Madrid. Pero no podía ser. Una vendedora nos había dicho que ya no lo llevaban a la feria porque la última vez se bajó los pantalones o su incontinencia urinaria lo sacaba todo el tiempo de la caseta. La vendedora decía que en sus momentos de lucidez era un genio. Nada que no supiera yo a estas alturas.

Pero Internet lo afirmaba. Panero había firmado esa tarde. Y al día siguiente también lo haría. Se hablaba de “Sombra”, su último poemario.

Esa noche tuve dificultades para dormir. Aunque no le echo la culpa a Panero. Pudo ser el calor.

Y al día siguiente, sobre la 11 y algo ya estábamos N. y yo en la feria.

Yo no podía más y me acerqué a la caseta dónde sabía que le encontraría. Y vaya si le vi.

El monstruo era un señor de unos sesenta años, con la camisa abierta varios botones y descuidado, con una barriga cervecera que luego descubrí que no era tal (bebía Nestea después de su alcoholismo o su adicción a la Coca cola), con su inseparable cigarro en la mano, con la familiar ausencia de dientes en su sitio y el cada vez más escaso cabello menos desordenado de lo esperable en un loco. Reía con unos chicos de la caseta que lo miraban entre curiosos y nerviosos.

A mí no me gustan las fotografías ni las firmas con autores pero quería verle por una curiosidad más insana que la de su cabeza.

Echamos un vistazo a los poemarios frente a él. Le pregunté el precio a uno de los chicos y al escucharlo decidí a provechar los descuentos de la feria y comprarle el libro. Se lo pasé a N. que con ganas de juerga le pidió una firma. Él le preguntó su nombre sin mover casi las facciones. Ya no se reía. Parece que odia algo a la gente lo cual me parece una de sus más lúcidas actitudes.

Cogió el libro mientras yo lo pagaba y escribió algo extraño que parecía una variación de letra árabe que sólo entendería él. Puede que ni eso.

N. le preguntó si podía hacerse una fotografía con él. Leopoldo pareció animarse y salir de su letargo reptilesco y le preguntó: “¿Es para un periódico?” Ella, con candor pipiolo le dijo que no. Entonces el poeta hizo un gesto entre despectivo y airado con el cigarro y ni respondió. Yo llevaba la cámara así que disparé de todos modos.

N. sonríe en primer plano y Leopoldo bebe en segundo como si la cosa fuese con otro.

Cuando N. le dijo “muchas gracias” Panero estaba en otro mundo. Ni la miró, siguió bebiendo mientras miraba un punto indefinido del espacio, loco o tal vez refugiándose en esa locura para no atender al vulgo. No he visto miradas tan pérdidas desde la de Houellebecq y desde luego Panero se lleva la palma. No le sacamos nada más. En sus palabras, “mudo como un muerto”.

Me puse a leer su poemario detrás de la caseta.

La vida es puro terror

Terror de un alma negra

Que reza silenciosamente a la muerte

Que reza por un animal que no tuvo suerte

Y que llama con palabras silenciosamente

A la muerte

Cuando me volví le vi salir acompañado de uno de los chicos. Mientras este vigilaba, Panero se la sacó y comenzó una larga meada contra los setos del retiro.

Tan fiel a su personaje que no lo descuida ni durante un par de horas. Pero claro, la incontinencia tampoco se puede evitar.

De orines y de versos en su caso.

11 junio 2009

Estoy aquí, en...

Cada una tiene su olor característico. El de esta no lo recordaba. Hacía muchos años que no regresaba a su esencia. Creo que de todas es mi preferida. Y el reencuentro ha sido delicioso. La he notado cambiada pero solo para mejor. Como si se hubiese arreglado más solo porque yo venía. Las horas del viaje en carretera y el monótono paisaje rural español han valido la pena. He notado su sonrisa de bienvenida por todo el cuerpo. En unos segundos es como si los muchos años transcurridos se hubiesen evaporado. Aunque a la vez ha sido irreal. El cansancio se sumaba a la novedad y a que llegué de noche para hacerme sentir como en un sueño.
Aproveché el golpe de adrenalina para besar con mis pies sus calles, para dejarme acariciar los oídos con el sonido de su frondosa vida noctámbula, para hacerle el amor a la ciudad que sin haber sido nunca mía ni yo suyo, quiero como a ninguna (con perdón de Florencia y de las que desconozco).
Estoy en Madrid. Y de momento no quiero estar en ningún otro sitio.
Llego para no perderme la feria del libro.
Qué apropiado.

01 junio 2009

Un título largo para un post corto


Me voy de vacaciones. Hoy.

29 mayo 2009

Bucay II



Debe ser cosa mía pero me recuerda a un jabalí


El siguiente artículo tiene alguna redundancia respecto al anterior y se escribió antes pero es que en el título del pasado post puse Bucay uno. Eso significa que ahora tengo que incluir al menos un dos. Y bueno, nunca está de más darle palos al ayudador personal.




Ojeo y hojeo la revista de ese reconocido escritor de autoayuda. En la portada y en el editorial veo su fotografía. Se le ve tranquilo y satisfecho. Aparenta felicidad. También prosperidad. No le vemos el resto del cuerpo que en la época en que se hizo la foto era grueso (ahora y por lo que me han contado en su reciente visita a Barcelona para Sant Jordi ha perdido unos kilitos). No es muy diestro en el tema de la dietética pero alguien le debe haber asesorado. En sus artículos habla de sentimientos, de respeto, felicidad… Puede que algún articulista inconsciente de su cantera hable sobre el colesterol y le ofenda pero ese tipo de artículos son para otro tipo de publicaciones Nueva Era.
No importa. El tipo parece estar ayudando a mucha gente. Su religión llega hasta el camarero exheavy de la cervecería alemana dónde tomo el café con hielo pre-jornada laboral. Sus motivos para leerlo: “Sus libros son buenos, buenos, tío, tienen las letras bien grandes y gordas como me gustan a mí”. No haré chistes sobre esa frase y lo que evoca además de letras.
Conozco muchas personas que gustan del ayudador personal metido a escritor prolífico.
Escribe cuentos con moralejas “profundas”. En su sencillez está su éxito. No le habla al cerebro, le habla a sus carencias.
Yo suelo extraer una media de diez frases interesantes por artículo de Montaigne, un francés de hace cinco siglos. Algunas de sus verdades son arcaicas pero el ser humano lo es más así que siguen funcionando como si las hubiese escrito ayer mismo Bucay. El maestro de la autoayuda sin embargo, no me convence tanto. A veces es más obvio que un amigo borracho a las tres de la madrugada en un lugar infecto diciéndote con un brazo sobre tus hombros “el mar está lleno de peces, hombre”. Pero Bucay, haciendo casi lo mismo que ese tópico amigo, arrasa.
Parece que muchos disfrutan de él sólo porque se entiende. Exclusivamente por eso. Y porque sus libros se leen rápido y “de una sentada”. Pero decía Kapuncinsky que un libro no se debe acabar rápido. Muy por el contrario te ha de invitar a reflexionar en cada página o por lo menos en cada capítulo. ¿Hay una plaga de dislexia en el mundo o una epidemia de pereza mental? Todo lo no sencillo se deja a un lado. A menudo lo noto en mi entorno cuando un gran cartel anuncia a lo grande una promoción y todavía un cliente me pregunta: ¿Y esta promoción de qué es? Todo por no leer un par de frases en letras más grandes que su cara. La escritura para algunos es casi tan indescifrable e ignota como una lengua desconocida.
El escritor de autoayuda triunfa porque es un escalón más bajo en la escala evolutiva del intelecto.
Su paso a las revistas supone un ingreso mayor y un nuevo descenso para el desafío de la mente. Es inteligente. Sabe que dónde no lleguen sus libros con letras “grandes y gordas” llegarán sus revistas ya que estás, además de letrazas, ¡Llevan fotografías!